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Popeye, Tintín y obras de Faulkner y Hemingway serán del dominio público en el 2025
Published
3 meses agoon
By
Sandra
Por: La Redacción.
Washington, EUA., a 29 de diciembre del 2024.- Washington. Popeye puede golpear sin permiso y Tintín puede viajar libremente a partir de 2025. Estos dos clásicos personajes de cómic, que aparecieron por primera vez en 1929, están entre las propiedades intelectuales que pasarán a dominio público en Estados Unidos el 1º de enero. Esto significa que pueden ser utilizados y reutilizados sin necesidad de permiso o pago a los titulares de derechos de autor.
La remesa de este año de creaciones artísticas que pasan a dominio público no tiene el impacto emblemático de la entrada de Mickey Mouse al dominio público el año pasado. Sin embargo, incluye un amplio archivo de obras icónicas que verán expirar sus derechos de autor máximos de 95 años. Y la presencia en el dominio público del ícono de Disney se expande.
“¡Es un tesoro! Hay una docena de nuevos dibujos animados de Mickey –habla por primera vez y se pone los famosos guantes blancos”, dijo Jennifer Jenkins, directora del Centro de Estudio del Dominio Público de Duke. Hay obras maestras de Faulkner y Hemingway, las primeras películas sonoras de Alfred Hitchcock, Cecil B. DeMille y John Ford, y música increíble de Fats Waller, Cole Porter y George Gershwin. ¡Muy emocionante!
A continuación, un vistazo más cercano a la hornada de este año.
Popeye el Marino, con sus gruesos antebrazos, su jerga difícil de entender y su propensión a las peleas, fue creado por EC Segar y apareció por primera vez en la tira de periódico Thimble Theater en 1929, diciendo sus primeras palabras: ¿crees que soy un vaquero?, cuando le preguntaron si era marinero. Lo que se suponía que era una aparición única se volvió permanente, y la tira sería renombrada como Popeye.
Espinacas, aún protegidas
Pero al igual que con Mickey Mouse el año pasado y Winnie the Pooh en 2022, sólo la versión más antigua es libre de reutilizar. La espinaca que le dio al marinero su superfuerza no estaba desde el principio y es el tipo de elementos del personaje que po-drían generar disputas legales. Y los cortos animados que presentan su distintiva voz balbuceante no comenzaron hasta 1933, por lo cual siguen bajo derechos de autor. Lo mismo ocurre con la película de 1980 del director Robert Altman, protagonizada por Robin Williams como Popeye y Shelley Duvall como su novia, Olivia.
Ese filme fue recibido con poco entusiasmo en un principio. Lo mismo ocurrió con Las aventuras de Tintín, de Steven Spielberg, en 2011. Pero los cómics sobre el joven reportero que los inspiró, creación del artista belga Hergé, estuvieron entre los más populares en Europa durante gran parte del siglo XX.
El joven, dibujado de forma sencilla con puntos por ojos y un flequillo como una ola del océano, apareció por primera vez en un suplemento del periódico belga Le Vingtième Siècle, y se convirtió en un personaje semanal.
El cómic también apareció por primera vez en Estados Unidos en 1929. Sus colores brillantes característicos, incluido el cabello pelirrojo de Tintín, no aparecieron hasta años después y podrían, como las espinacas de Popeye, ser objeto de disputas legales.
Y en gran parte del mundo, Tintín no se convertirá en propiedad pública hasta 70 años después de la muerte de su creador, en 1983.
Los libros que se hacen públicos este año parecen el programa de un seminario de literatura estadunidense.
El ruido y la furia, posiblemente la novela más emblemática de William Faulkner, con su estilo modernista de flujo de conciencia, causó sensación tras su publicación a pesar de ser famosamente difícil para los lectores. Utiliza múltiples narrativas no lineales para contar la historia de la ruina de una prominente familia en el Mississippi natal del autor, y ayudaría a llevar a Faulkner al Premio Nobel.
Adiós a las armas, de Ernest Hemingway, se une a su anterior Fiesta al dominio público. La historia parcialmente autobiográfica de un conductor de ambulancia en Italia durante la I Guerra Mundial consolidó el estatus de Hemingway en el canon literario estadunidense. Se ha adaptado con frecuencia a cine, televisión y radio, algo que ahora se puede hacer sin permiso.
La primera novela de John Steinbeck, La taza de oro, también entrará en el dominio público.
Una habitación propia, de Woolf, también en la lista
La novela extendida de la novelista británica Virginia Woolf, Una habitación propia, que se convertiría en un hito en el feminismo de la célebre escritora modernista, también está en la lista. La señora Dalloway ya está en el dominio público de Estados Unidos.
Si bien hay un grupo de películas importantes que se harán públicas la próxima década, por ahora tendrán que bastar las primeras obras de la no siempre estelar era del cine sonoro.
Una década antes de que se mudara a Hollywood e hiciera películas como Psicosis y Vértigo, Alfred Hitchcock hizo Blackmail en Reino Unido. La película comenzó como muda, pero cambió a sonora durante la producción, resultando en dos versiones diferentes, una de ellas, la primera película sonora de Reino Unido y de Hitchcock.
John Ford, cuyos westerns posteriores lo colocarían entre los directores de cine más venerados, también hizo su primera incursión en el sonido con The Black Watch de 1929 (traducida como Shari la hechicera en algunos países hispanohablantes), una aventura épica que incluye al futuro colaborador principal de Ford, John Wayne, como un joven extra.
Cecil B. DeMille, que ya era un magnate de Hollywood gracias a las películas mudas, hizo su primera cinta sonora con el melodrama Dinamita.
Groucho, Harpo y los otros hermanos Marx tuvieron sus primeros roles protagónicos en el cine en The Cocoanuts de 1929, precursor de futuros clásicos como Animal Crackers y Duck Soup.
La melodía de Broadway, la primera película sonora y segunda en ganar el Oscar a la mejor película, conocida en ese momento como producción destacada, también se hará pública, aunque a menudo se clasifica entre los peores ganadores del mejor película.
Y después de que Steamboat Willie hiciera público al Mickey Mouse más temprano, una docena más de sus animaciones obtendrán el mismo estatus, incluyendo The Karnival Kid donde habló por primera vez.
Las canciones del último de los locos años 20 también están a punto de convertirse en propiedad pública.
Las composiciones de Cole Porter What Is This Thing Called Love? y Tiptoe Through the Tulips se encuentran entre los temas destacados, al igual que el clásico de jazz Ain’t Misbehavin, escrito por Fats Waller y Harry Brooks.
Singin’ in the Rain, que más tarde quedaría asociada para siempre con la película de Gene Kelly de 1952, hizo su debut en el filme de 1929 The Hollywood Revue, y ahora será de dominio público.
Diferentes leyes regulan las grabaciones sonoras, y las que recién entran en el dominio público datan de 1924. Incluyen una grabación de Nobody Knows the Trouble I’ve Seen de la futura estrella e icono de los derechos civiles Marian Anderson, y Rhapsody in Blue, interpretada por su compositor George Gershwin.
Con información de La Jornada.
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“Son los que alimentan a EU dice Narciso Martínez, artista mexicano que triunfa retratando a migrantes Por: La Redacción. Ciudad de México., a 26 de marzo del 2025.- oco se imaginaba Narsiso Martínez que aquella caja que rescató de entre una montaña de cartones desechados en el megasupermercado CostCo lo llevaría tan lejos. “Había ido a por pizza, pero la vi allí tirada, me llamaron la atención sus colores, morado y verde, y decidí llevármela al taller”, recuerda el entonces estudiante de arte, hoy un consagrado artista de 47 años. La aplanó, y como era una caja de plátanos —con el logo de la compañía bananera y una etiqueta que aseguraba que el contenido era orgánico–, optó por esbozar en la base a un agricultor cargando al hombro varios racimos de esa fruta. Cuando presentó el dibujo ante su clase, la reacción fue exactamente la que llevaba tiempo persiguiendo. “Los comentarios ya no fueron como hasta entonces sobre la técnica, sino que quisieron saber si yo también había cargado plátanos y cuán duro era”, le explica a BBC Mundo. Plátanos no —les contestó—, pero tras emigrar desde México a los 20 años, tuvo que acarrear cajas y cajas de fresas, “desguató” manzanas durante horas, pasó veranos enteros agachado recolectando espárragos. Y se armó entre los alumnos una discusión sobre las condiciones muchas veces penosas de los trabajadores agrícolas, la mano de obra mayoritariamente indocumentada que sostiene el sector en Estados Unidos, y su invisibilidad. Ahora han vuelto al primer plano de alguna manera, al ser el objetivo del programa de deportación masiva del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ajeno al impacto humano para ellos e incluso económico para su propio país. “EE.UU. no sería lo que es si no fuera por los mexicanos y mexicanas que trabajan del otro lado”, reconoce en cambio la presidenta de México, Claudia Sheinbaum. “Si no hubiera paisanos trabajando el campo, no habría comida sobre la mesa de los estadounidenses”, destacó recientemente. Y con ella coincide Martínez. Esa misma idea de Sheinbaum expresó el artista en aquella caja. Hoy, casi una década después, obras suyas como la de aquel bracero estampado en cartón forman parte de las colecciones de una veintena de museos en EE.UU., desde el LACMA de Los Ángeles hasta el MFA de Houston. Retratos que son, en cierto sentido, también autorretratos. Nacido en 1977, Martínez se crió en una familia indígena zapoteca en Santa Cruz Papalutla, una aldea a unos 25 kilómetros de la ciudad mexicana de Oaxaca. El menor de cuatro hermanos, además de ir a la escuela, desde niño le tocó colaborar en las labores del campo: recoger frijoles y maíz, llevar los chivos y las vacas a pastar. “Aunque en aquel entonces no lo sentía así, viéndolo con perspectiva fue una infancia bien dura”, le dice a BBC Mundo en su casa-estudio del centro de Los Ángeles. Dejó los estudios antes de acabar décimo grado y trabajó aquí y allá, descargando cajas en una fábrica de refrescos, como soldador de estructuras metálicas con su padre, en el taller de un vecino. También le gustaba dibujar, sobre todo retratos y caricaturas, recuerda, y copiar celebridades de las revistas. A los 18 años se fue a Ciudad de México. “Pero duré un mes, no me gustó”, reconoce. Y “como no estaba colaborando en casa ni haciendo nada, y me sentía perdido, mis hermanos sugirieron que me fuera a EE.UU.”. Martínez en el estado de Washington fue de espárragos. Ellos solían acudir cada año a trabajar los campos y al finalizar la temporada regresaban a México. Pero uno de ellos, el mayor, acabó quedándose y estableciéndose en Los Ángeles. Y con él se fue a vivir Narsiso nada más cumplir los 20. De no hablar inglés a estudiar una carrera Lo primero que recuerda de la vida en EE.UU. es lo malas que le parecían las tortillas y las ganas que tenía de aprender inglés. “Quería saber qué decían las películas, entender las letras de las canciones, pero, sobre todo, tenía ganas de sentir que la vida valía la pena”, cuenta. Así que se inscribió en la escuela para adultos mientras trabajaba a tiempo completo en un taller cambiando llantas. “En mi pueblo me habían botado (del colegio) por haber reprobado tantas materias, pero aquí volví a empezar y me di cuenta que sí podía aprender”, recuerda. “Así que me propuse sacar una carrera. No importaba cuán mayor fuera”. Acabó graduándose de la secundaria con 29 años y en 2012 se inscribió en la Licenciatura de Bellas Artes en la Universidad Estatal de California en Long Beach. “Había tomado unas clases de historia del arte y, además de reconectar con el dibujo, conocí a los pintores europeos Vicent van Gogh y Jean-François Millet y sentí una conexión con ellos, porque los protagonistas de sus obras eran campesinos”, hace memoria. Aquello lo catapultó de vuelta a sus orígenes y se dijo que, si mejoraba lo suficiente su dibujo y aprendía a pintar como ellos, podría retratar a su pueblo. “Quería pintar a mis abuelitos, a mis vecinos. Esa era la idea, porque por aquel entonces no pensaba que pudiera vivir de esto”. Un papel vital pero ignorado Sin embargo, tras el primer semestre en la universidad, se quedó sin ahorros. Y decidió aceptar la invitación de sus hermanos de ir a trabajar a los campos del estado de Washington para la temporada. “Nosotros te daremos alojamiento y pagaremos por la comida, por lo que puedes ahorrar todo lo que ganes”, dice que le dijeron. Nada más acabar las clases, se montó en un bus rumbo al estado fronterizo con Canadá, en cuyas huertas se dejaría la espalda durante el siguiente semestre. La primera cosecha que le tocó fue la del espárrago — “crece en el suelo y requiere estar agachado todo el tiempo, como las fresas. No sé ni cómo pude aguantar”—, luego la de la manzana Gala, la amarilla, la verde, la roja. Los descansos los aprovechaba para esbozar a lápiz estampas campestres en un cuadernito que llevaba siempre consigo. “Fue mejor que cualquier curso de dibujo en vivo, algo fundamental para desarrollar la técnica”, admite. Decidió quedarse hasta el fin del verano y lo repitió cada año, incluso después de que se licenciara en 2016 y durante los dos años que duró su maestría. Y en todo ese tiempo habitó aquellos mundos dispares, el de las discusiones académicas y el de las charlas sobre las penurias de migrar, las cuentas que no cierran y las lesiones laborales, sin la menor sospecha de que en el momento preciso aquello terminaría conformando el ADN de su arte. “Temporada a temporada me cruzaba con los mismos compañeros y en nuestras conversaciones me di cuenta que nuestras historias eran similares: de dónde veníamos, cómo crecimos, por qué migramos. Y nuestra experiencia en el campo también”, explica Martínez. “Muchos no podíamos tener una licencia de manejo por la situación migratoria, trabajábamos sin seguro porque éramos temporeros, nos caíamos y no podíamos reportarlo por temor a que no nos contrataran para la nueva cosecha”, prosigue. “Yo mismo tuve un accidente y anduve adolorido por cuatro años”. Eso lo llevó a querer usar su obra para denunciar una situación que considera injusta. “Esta nación siempre se ha apoyado en comunidades que están en desventaja, desde los nativos a los esclavos, pasando por los braceros y la gente que viene de otros países a buscar una mejor vida por distintas razones”, argumenta el artista. “Y esta comunidad en particular ha estado siempre al frente, haciendo el trabajo más difícil y más vital, que es contribuir con la comida. Están siempre al frente de la producción agrícola, para que el país se pueda sostener”, añade. “Los campesinos —muchas veces sin documentos— tienen un papel vital en la economía que siempre ha sido ignorado y utilizado en el juego político”, ahonda. “Son los que alimentan a EE.UU”, subraya, lanzando un mensaje que, en el contexto de redadas y deportaciones masivas ordenadas por la administración Trump suena más alto que nunca. En los campos en los que él mismo trabajó el miedo a las redadas migratorias se ha expandido como la pólvora. “Pero tienen que seguir con su día. No pueden quedarse en casa, estar siempre mirando por encima del hombro. Hay que continuar con la vida normal, y seguir trabajando”, dice sobre los que fueron sus compañeros. En su afán de contar aquello, Martínez transitó por técnicas y estilos diversos – a veces demasiado literales, admite—, hasta que se topó con aquella caja de cartón de plátanos. Desde entonces, sus piezas, que a veces exploran el collage y el ensamblaje dadaísta y otras beben del muralismo mexicano, como la titulada Legal Tender —que imita un billete de dólar con el retrato de una temporera en el centro— lanzan un mensaje personal y político. “Ayuda a la gente a ver la realidad con ojos nuevos”, le dice a BBC Mundo Charlie James. Su galería homónima, especializada en arte político y de temática relacionada con la justicia social, lo representa desde 2018. “Para crear su arte tienes que vivir su experiencia. Eso es lo que hace su obra tan potente: tienes que haber vivido su vida”, dice James, satisfecho de haber logrado colocar el trabajo de Martínez en museos de renombre a lo largo y ancho del país. El último en adquirir su obra ha sido el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, el LACMA. La pieza que este pasado enero incluyó en su colección se titula Mission-Precious Cargo y representa una misión católica en California, inspirada en la iconografía de la marca de tomates Oceanside Pole y creada sobre 33 piezas de cartón descartado. Martínez se muestra honrado y agradecido. “Es un reconocimiento no solo al artista inmigrante, al artista indígena inmigrante indocumentado, sino también a la comunidad campesina”, subraya. “Porque ¿cuánto arte tienen los museos en el que el tema sean los campesinos? Para mí eso es lo importante: visibilizarlos”.

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